Zona El Internado

Carlos García (guionista): “Aunque a muchos les pese, lo que la gente quiere ver son besos y bodas horteras”


Carlos García Miranda es uno de los guionistas de El Internado. Se incorporó a la serie en el capítulo 2 y permaneció en ella hasta el final. En una entrada publicada en el Blog colectivo de guionistas españoles habla sobre sus cuatro años en la serie, sobre cómo incluían una gran cantidad de escenas sin contenido (o arrozlechistas, como las llama él) y sobre las ya comentadas irregularidades en la serie. A continuación puedes leer el texto:

Beso entre Martín y Rebeca - El Internado

EXTERNADO

Soy guionista y durante casi cuatro años he estado interno en El Internado. Lo bautizaron con ese nombre (no tuve ese honor porque me incorporé al equipo en el capítulo 2) por aquello de que la historia se desarrollaba en un colegio para niños pijos. La realidad es que ahí dentro había de todo menos estudiantes estudiando. Por sus aulas se pasearon nazis, niñas con los ojos en blanco, gnomos gigantes, fantasmas, una chica que podía verlos, un cocinero espía, una agente del Mosad que al tocar a alguien veía lo peor que había hecho en su vida…

Así contado suena de lo más marciano y al escribirlo un poco absurdo, pero en pantalla todo colaba y la serie funcionó como un tiro. Vale, perdimos un millón de seguidores en el camino, pero llegaron muchos hasta la meta (19,6% de share en el último capítulo). Hoy en día hay series que renuevan temporada sin sacar más de un once, así que en principio al internado le quedaban aún un par de años de clases, de esas a las que los alumnos no iban porque tenían que investigar.

Pero hace unos meses que el centro acabó consumido por las llamas. Fue porque así lo quisimos nosotros; por primera vez en nuestro país, la cadena y la productora escucharon las plegarias de los guionistas, que insistíamos en poner el punto y final antes de que las niñas de la serie fueran las nuevas estrellas adolescentes de la Superpop. Nos escucharon algo tarde, lo ideal habría sido terminar en el capítulo cincuenta, pero al menos no tuvimos que llegar hasta los cien y celebrarlo con un especial musical. En total fueron siete temporadas, 71 capítulos, y ni uno sólo bajó de los setenta minutos (acabo de darme cuenta de lo mucho que nos gustaba el número siete).

Siempre se hace arduo escribir episodios de series de prime time españolas, tan largas como la cola de guionistas en el paro, pero la cosa es aún más difícil cuando la trama de misterio, que podías haber contado enterita en diez capítulos, requiere continuidad. Sólo teníamos permiso para dar algún avance importante al final de algunos capítulos, así que no nos quedó otra más que dar vueltas, como en los culebrones. De ellos también tomamos prestado su esquema para las historias emocionales, que son las que de verdad te dan de comer durante cientos de páginas. Aunque a muchos les pese, lo que la gente quiere ver son besos y bodas horteras, y lo de dónde está el muerto desaparecido no le importa a nadie, a no ser que el difunto sea capaz de sacarle las lágrimas a borbotones al prota.

Pero no sólo de llorar vive el hombre. El Internado triunfó por muchas otras razones. La más sencilla es que fuimos los primeros, como Duchamp con su urinario… Bueno, vale, no hicimos vanguardia televisiva, pero sí es cierto que cuando la serie asomó por las televisiones, con esa mezcla extraña de dramedia picada con misterio y culebrón, no había nada parecido y mucho menos de pata negra. Por eso nos concedieron un Ondas con sólo seis capítulos emitidos (si llegan a ver más igual se lo habían pensado mejor). Detrás de nosotros vinieron unos cuantos productos parecidos y hace un par de años años el referente en las productoras para comprar proyectos era El Internado.

También ayudó a darle un  buen empujón a la serie el reparto. Un par de tíos buenos recién salidos del horno, como Yon González y Martín Rivas pusieron más de una braga en el techo. Ana de Armas, Marta Torné y Blanca Suárez hicieron lo propio con el público masculino, pero menos porque ya se sabe que la tele es de las chicas y para ellas escribimos eso de “Marcos, sin camiseta, abre la puerta de su habitación”. ¿A qué no adivináis dónde estaban los picos de audiencia?

Además de a los futuros relevos Fotogramas, teníamos unos cuantos actores de los de verdad, de los que tu madre dice: “Ésa es del teatro de toda la vida”. Cristina Marcos, Natalia Millán, Luis Merlo y sobre todo, Amparo Baró. El Internado fue lo primero que hizo después de Siete Vidas y había expectación por ver si era capaz de dejar de dar collejas. Seguro que no le faltaron ganas de soltarnos unas cuantas a los guionistas, porque la pobre se chupó todas las secuencias de comedia con esas dos niñas adorables, Evelyn y Paula (Denis Peña y Carlota García). Muchos fans odiaban esas tramas porque cortaban el rollo del misterio, pero estaban ahí justo para eso, como cortamiel. Entre tanto mal rollo que tenía la serie también había que sacarle una sonrisa a las abuelas (íbamos a por toda la familia que, a fin de cuentas, esto era Globomedia).

Aunque el verdadero secreto del éxito de la serie, lo que hizo que la gente se pasara horas en los foros elucubrando teorías, fueron sus (marcianos) guiones. En los capítulos de El Internado, el arranque era casi un resumen de los anteriores porque todo lo que pasaba era tan complicado que necesitaba masticarse de nuevo semana tras semana. En el segundo acto había ligeros avances, pero también muchas secuencias de “arroz con leche”, del tipo:

HECTOR
(preocupado)
Jacinta, ¿te acuerdas lo que pasó en esa habitación?
JACINTA
(tocada)
Pues claro que me acuerdo… No he podido olvidarlo.
HECTOR
(angustiado)
Nunca debiste contármelo…
JACINTA
Tenías que saberlo, algún día lo harás tú…
HECTOR
(con miedo)
¡No, saldrá mal! Déjalo, no quiero volver a hablar de ello.

Así durante dos páginas. ¿De qué estaban hablando? Pues de la receta del arroz con leche. O sea, de nada, pero aparentemente de algo supermisterioso porque en esta serie lo de “arriba arriba” y “de más a más” era la religión. Hubo muchas secuencias arrozlechistas con avances tramposos, pero, ¿sabéis qué? Colaban.

Eso sí, las verdaderas estrellas eran los terceros actos. Al escribir este engendro televisivo aprendí que si tienes buenos finales, todo lo que hayas contado por delante, aunque sea algo irregular, la audiencia te lo perdona.  Más aun si le das un gancho de los de quedarte pegado a la silla. No es por tirarnos flores, pero nuestros ganchos eran más eficientes que el super glue. Y eso no fue moco de pavo a partir de la tercera temporada, cuando ya habíamos dejado a todos los protas al filo de la muerte un par de veces. Menos mal que Ana de Armas quiso irse a hacer las Américas y pudimos demostrar que íbamos en serio (el personaje al que interpretaba murió a mitad de la quinta temporada). Vale que algunos ganchos fueron tramposos, inverosímiles y un montón de adjetivos descalificativos más, pero molaban. A la audiencia le molaba que les engañáramos. Ay, y a mí me gustaba engañarles, pero ahora estoy externado…

A toro pasado, soy consciente de que en ninguna otra serie me dejarán escribir la historia de un colegio debajo del cual hay un laboratorio de experimentación genética en el que se está preparando una pandemia mundial, cuya única máquina para curar la construye un científico misterioso que también sabe colarse en los sueños ajenos.

Carlos García Miranda

Fuente