Exclusivas » Entrevista exclusiva a Luis Mottola II

Al amparo de la agradable sombra que el Teatro Español proyecta sobre la madrileña plaza de Santa Ana, y bajo la mirada soñadora de una estatua de Lorca, que vela incansablemente por los transeúntes desde su pedestal de piedra, nos encontramos con la calurosa sonrisa de Luis Mottola. Es ésta una sonrisa que envuelve sin remedio, porque no sólo son sus labios los que sonríen, sino también sus ojos color esmeralda, que desprenden una mezcla de fuego y serenidad a los que una se rinde sin remedio. La entrevista comienza alrededor de un vaso de café y un zumo de naranja, aderezados con el azúcar que aportan sus sonrisas.

Buenos días, Luis. Lo primero, muchas gracias por estar dispuesto a compartir la mañana con Zona El Internado.

Un placer.

Trabajos

Empecemos por el principio de los tiempos, ¿te parece? ¿En qué momento decidiste ser actor?

Si mal no recuerdo, fue en la Primaria, trabajando en una obra de teatro con una profesora del colegio. Tengo una foto de la que no me olvido, haciendo de rey con mi capa roja, con once o doce años. Creo que fue ahí.

Eras muy jovencito…

Sí, la pasión partió desde el juego, porque cuando hacés teatro en la escuela, estás jugando. Después, el Secundario me llevó otra vez a encontrarme con gente que tenía que ver con el teatro, y volví a seguir jugando.

Así que, antes de convertirte en actor profesional, te desarrollaste como actor aficionado. ¿Qué recuerdo guardas de aquella época?

Desde que tengo uso de razón recuerdo que siempre fui el centro de atención: el que divertía a los demás en las reuniones, el que hacía el chiste, la broma, el que no paraba en toda la noche. Siempre estaba generando algo, con una guitarra, con lo que fuera, para que la gente no se aburriera… Incluso me lo pedían ellos: “Luisito, hacé esto, hacé lo otro”. Me salía solo.

¿Y sobre tu época como profesor?

Ah, sí, se me desvió el camino hacia la docencia, pero nunca dejé de jugar, porque meché la Educación Física con el teatro -como están tan relacionados…-, empecé a investigar por ahí y armé un proyecto muy interesante en el que todo lo que no aprovechaba para mí como actor tuvo una aplicación práctica: dar clase de teatro a adolescentes.

Luis Mottola (Andrés Novoa) en Zona El Internado¿Qué tal fue esa experiencia?

Fueron muchos años, así que muy interesante… Hoy me siguen llamando, y ya tienen hijos y todo (risas). Trabajé con gente de muy bajo nivel social, con discapacitados mentales… Hice una radio en Córdoba (Argentina) con chicos Down, que son recariñosos, y tuvimos mucho éxito, porque trabajaron de maravilla. Mucha gente se convence de que estos chicos tienen esa deficiencia y de que hay que tratarlos de forma diferente, pero en realidad es un error, porque ellos se dan cuenta de todo. No puedes dejar de ser tú mismo delante de ellos, hay que ser verdadero, porque de lo contrario, aparecen paredes en el camino.

Así que ser profesor y ser actor no son profesiones tan distintas…

Hay que tener carisma, y no sólo como actor o como profesor, sino como persona. Las técnicas y los recursos muchas veces se aprenden, pero si te quieren o no te quieren, es a ti como persona. Si se trabaja con la verdad por delante, la cosa funciona, pero en todas las profesiones. Además, no hay que frustrarse, porque a veces se espera una risa del público, o de los alumnos, y no se provoca lo que se pretendía, así que hay que buscar alternativas: lo que llamamos el ensayo-error. Si todo nos saliera bien, los dos estaríamos durmiendo en este momento (risas).

¿Echas de menos tu trabajo como profesor?

Sí, pero actualmente, desde el actor que soy, estoy armando un proyecto de formación de coordinadoras y directoras que trabajan con docentes en colegios. Cuento con la colaboración de otro director que hoy es íntimo amigo mío, Nacho, y nos complementamos perfectamente, porque él aporta la parte teórica y yo la aplico.

¿En qué consiste?

El 1 de septiembre empezamos un curso en Chinchón con treinta o cuarenta directoras de docentes, y armamos trabajos de liderazgo, trabajos en equipo, prácticas de cómo desenvolverse con los chicos, qué características hay que tener en cuenta para armar una actividad… Es muy interesante.

Y en tu carrera como actor, ¿cómo te has abierto camino en España?

Pues al principio no fue fácil, porque me vine a España nada más terminar en Argentina una serie muy buena llamada ‘Los busca de siempre’, en la que me lo pasaba muy bien, porque hacía un personaje que no tenía nada que ver con lo que conseguía normalmente: el guapito come-mujeres, que ya me tenía harto (risas). Aquí me engordaba con ropa, llevaba un escarbadientes… ¡un palillo! Me ponía un gorro de lana y me ensuciaba, porque estaba en la cárcel.

Por curiosidad, aparte de la ropa que usabas, ¿qué más tuviste que hacer para transformarte en el personaje?

Comía de una forma particular, les prendía fuego a las fotos del protagonista… Me la pasaba muy bien.

¿Hay algún papel que te haya llevado mucho tiempo de preparación?

Quizás los papeles de teatro, porque es un proceso más largo de ensayo. Recuerdo cuando hice ‘La Tempestad’ de Shakespeare, porque entonces no tenía mucha experiencia en Shakespeare. Me tocó ser el Príncipe de Nápoles, y estuvimos ensayando tres o cuatro meses, así que suponía una búsqueda constante. Fue un crecimiento maravilloso, porque el director era un tipo abierto que nos dejaba proponer.

Es importante encontrar algo distinto en cada personaje, hay que incorporar cosas. Si coges el vaso (coge el vaso) tienes que hacerlo como el personaje al que interpretas: por ejemplo, levantar el dedito (levanta el meñique a modo de demostración).

¿Te atreves a dar algún consejo a todos aquéllos que sueñan con ser actores?

Siempre digo lo mismo: que hagan lo que quieran, que estudien, que jueguen… Pero que vayan por el camino que ellos crean que es el verdadero. Esta profesión brinda cantidad de posibilidades y alternativas, pero hay mucha fantasía creada alrededor de este mundo. Los actores estamos constantemente haciendo equilibrios, a ver para qué lado caemos, esperando que en él esté el colchón que nos evite el golpe. Un gran amigo mío que ya no está, me dijo una vez: “Los actores somos tres meses cucarachas, tres meses mariposas”, y es una frase que me va a quedar para toda la vida porque tiene razón. Además, les aconsejaría que no se juzgaran cuando los rechacen, sino que sigan luchando. Hay que ser positivo siempre. Si se deciden, que disfruten de la profesión, porque todo es cuestión de actitud: siempre hay que ir hacia delante; ¡ir para atrás es más difícil!

Claro, y eso se puede aplicar a todos los momentos de la vida…

Eso es. Como si ahora que estamos acá en un café, llega el camarero con mala cara… Pero si es mucho más bonito que venga sonriendo, es más fácil. Tarda mucho más tiempo en enojarse y tirar el vaso en la mesa (coge el vaso y lo deposita de nuevo con fuerza para que haga ruido); es agresivo. Me tuerce el día… bueno, me tuerce el momento, ¡porque a mí el día no me lo tuerce nadie! (risas).

El Internado

Bueno, ¿empezamos con las preguntas sobre ‘El Internado’?

Venga, dale.

Ya sabemos que se puede hablar muy poco de la serie en estos momentos, tal y como están las cosas, pero seguro que hay muchas curiosidades interesantes que nos puedes contar. Por ejemplo, en la anterior entrevista que concediste a Zona El Internado, nos prometiste contarnos algunas anécdotas del rodaje de ‘El Internado’. ¿Te acuerdas de alguna?

Se me viene a la cabeza una escena con Carlota (Paula), en la que yo le contaba un cuento, a través del que le decía unas cosas y le ocultaba otras, y de pronto le agarró hipo. Y empezó con el hipo y no podía parar. Y todos partiéndonos de risa, esperando a que terminara el hipo, porque no podíamos seguir trabajando; aunque aprovechamos para seguir pasando texto, y de vez en cuando se oía un “¡hip!”, y nos reíamos más.

Y recuerdo otra con Wülf, que tuvo un inconveniente con una palabra -que eso pasa mucho, que te trabas con una palabra y no sale, y no sale-, y habíamos repetido la escena varias veces, pero él no se daba cuenta de que le fallaba (risas). Yo no podía más, y seguíamos grabando… Veía al cámara, porque lo tenía enfrente, que se iba llorando de la risa y dejaba la cámara sola (risas). Fue una situación muy graciosa, que apareció por la confianza que teníamos. Eso lo da la continuidad.

Luis Mottola (Andrés Novoa) en Zona El InternadoEn Zona El Internado todos nos alegramos mucho cuando el papel de Andrés empezó a tener más protagonismo…

¡Y yo! (risas). Si ustedes se alegraron, imagínate yo (más risas).

Fue un acierto, sin duda.

Muchas gracias. Lo que pasa es que luego el pobre se me fue. Después de darle al guardia un llaverazo en la nuca, un puñetazo, le pego un tiro… ¡Y no muere! Mira que me esforcé para pegarle… Y después me dispara él a mí desde el suelo y adiós (risas).

Con eso nos hicieron sufrir. Todos esperábamos que Andrés sobreviviera…

… y que apareciera otra vez por la playa con la mochila! (risas). No, qué va… Me acuerdo de cuando estaba forcejeando con el guardia en el suelo y sonó el disparo, que me dije a mí mismo: “Me voy a quedar quieto un ratito, tres segundos”. ¿Quién murió? Eso crea una incógnita en quien lo ve al otro lado de la televisión; estuvo bueno, porque luego me levanto y voy hacia la puerta con la llave, pero acabo mal.

Fue uno de los momentos más tristes para los espectadores, se comentó mucho.

A veces no soy muy consciente de lo que provocamos en la gente con estas series, no me doy cuenta. Este mundo me da muchas sorpresas… Ojalá sea siempre igual, que no dejemos de sorprendernos.

Cuéntanos cómo era un día en el rodaje de ‘El Internado’.

Primero maquillaje, luego vestuario, o a veces vestuario y luego maquillaje -con cuidado de no manchar la ropa-, después el cafecito si da tiempo, te llaman y a trabajar en las escenas que te toquen ese día. Cuantas más escenas tengas, más tiempo disfrutando, porque el personaje crece y te permite recrearte en él. También trabajamos con el director haciendo lecturas de guión para determinar el tono, para proponer ideas, marcamos la escena con los cámaras, los de luces y sonido -que sufren mucho, todo el rato temblando con las pértigas en la mano para que se nos oiga-.

¿Las escenas se repiten muchas veces?

Depende. En ocasiones hay que repetir porque pasa un avión, suena una puerta… Tiene mucho trabajo, no es tan fácil como a veces parece, porque somos un equipo, uno no trabaja solo, y tiene que ser consciente de eso. Todos somos compañeros: la actriz que hace de mi pareja, el pértiga, el director, los tres cámaras… Nos hacemos señas, se establece una comunicación entre todos. Es necesario crear vínculos y complicidad para que se genere un buen ambiente.

De eso dependen los éxitos…

De hecho, ‘El Internado’ tiene tanto éxito por el pedazo de equipo que ha trabajado en la serie, desde la persona que tira los cables hasta la que hace el desayuno.

¿Y tú cómo aterrizaste en ‘El Internado’?

Pues acababa de hacer una serie de ficción en Valencia para Canal 9 -con un final muy shakespeariano- y me llegó la propuesta de ‘El Internado’ para hacer del papá de los chicos, así que me volví a Madrid, y entré en la serie con otra actriz a la que al final sustituyó Yolanda Arestegui (Irene Espí/Sandra Pazos). Al principio el personaje salía poco, porque parecía que estaba muerto, sólo se lo veía en fotos. Pero de pronto aparece un día en Grecia, perdido en la playa.

¿Dónde está esa playa tan bonita, por cierto?

En Benidorm (risas). Es una cala preciosa. La toma quedó de maravilla, estoy encantado con aquella imagen. El equipo hizo un trabajo espectacular. Esas aguas, las piedras, el uso de la luz… Además, montaron aquella cabañita tan bien… Los abuelos también eran unos tiernos, y tenían que tirar sus textos en griego creyéndose lo que decían. Se trabajó con mucha profesionalidad y compromiso.

¿Las escenas en el barco también se rodaron en la playa?

No, aquí en Madrid, en el pantano de San Juan.

¿Has estado alguna vez en el set del internado? Porque tu personaje no ha aparecido nunca dentro del edificio del colegio…

Mi personaje no, pero yo sí, porque mi cárcel estaba en el mismo plató.

Esa cárcel donde tuvieron retenidos a Andrés, Sandra y Samuel en la 6ª temporada, no son los pasadizos, ¿verdad?

No, es otro sitio.

A mucha gente se le crearon dudas con eso…

¡Y con tantas otras cosas! Los guiones están muy bien, juegan mucho con la incógnita. Además, se introduce la acción, que es una aportación interesante. Por ejemplo, cuando entro en mi casa nada más volver de Grecia, que está cerrada, rompo la ventana con el codo, la tiro entera, paso por encima… Son cosas que a veces hacen los especialistas para que el actor, inexperto en estos campos, no se lastime, pero si uno se siente seguro a nivel corporal, es mejor hacerlas. Así es más fácil meterse en el personaje.

¿Cómo preparaste el personaje de Andrés? ¿En qué te centraste más?

En la amnesia que tenía. En realidad, me pasaba el tiempo jugando con la ambigüedad, porque en algunas escenas estaba amnésico y en otras no, como cuando se me ve poniendo la bomba en el barco, que llega Ismael Martínez (Martín) y nos pegamos.

Otro punto en el que centré mis esfuerzos fue en poner el acento castellano, para lo que trabajé con una logopeda. Los acentos son una limitación en esta profesión, así que hay que modificarlos.

¿Por qué se involucró con Ottox?

Porque le daba más condimento a la serie (risas). Habría sido demasiado previsible lo del papá  buenecito que después de la amnesia salva a sus hijos, se queda con su mujer y se van todos juntitos caminando por un bosque hacia el atardecer. Andrés, después de haberse portado tan mal, empieza a recordar después de la amnesia y se da cuenta de cómo ha actuado, pero ya es tarde: tiene que pagar. Si murió, por algo es.

Es decir, que consideras su muerte una especie de justicia poética, un castigo a su conducta.

Exactamente. Lo que has hecho y con quién te has juntado, te pasó factura. Lo bueno es que antes de eso también vimos al Andrés persona, al Andrés humano que se replanteó todo, que se emocionaba de verdad al pensar en su mujer y sus hijos, y que intentó salvar lo que había creado en su día, que era su familia. Por eso creo que murió con dignidad.

Por curiosidad, ¿cómo fue el rodaje en el que el espectador descubre a Eva Wülf dentro de la máquina? En esa escena aparecen juntos dos de los personajes que interpreta Carlota García.

Pues en los planos largos se puede usar a otra actriz, porque si no, a la niña se la sobrecarga de trabajo, y no deja de ser una niña, que no puede trabajar más de equis horas y que tiene que disfrutar de esto. Nosotros tomamos la interpretación más como trabajo, pero para ella todavía es un juego. Los adultos deberíamos hacerlo así también; a mí no se me olvida nunca jugar dentro de la profesión, aunque sea con unas reglas, aplicando la técnica, el método, pero jugando, al fin y al cabo. Eso los niños lo hacen muy bien.

Además, los niños que trabajan en ‘El Internado’ demuestran mucha profesionalidad.

Sí, todos ellos. Por ejemplo, Carlota tiene un talento especial y una memoria estupenda. La pena es que les condiciona todo lo de alrededor. Como cuando te toca actuar con un bebé. Por ejemplo, mi hijo lloraba, es lógico. Había veces que no quería grabar, porque tenía otras necesidades. Obviamente, no se les puede exigir, están en otro plano. Así que nada, parábamos, dejábamos descansar a los niños y seguíamos a otra cosa hasta que estaban listos de nuevo. ¿A nosotros qué más nos daba? Estábamos trabajando, la estábamos pasando bien, pues nos lo podíamos permitir.

Entonces, ¿tienes buen recuerdo de la experiencia en ‘El Internado’?

Sí, en todos los sentidos: me he divertido, he conocido a mucha gente estupenda… Me quedé con ganas de seguir trabajando, está claro, para qué negarlo.

¿Cómo viviste tu último rodaje allí? ¿Te dio pena marcharte?

(De pronto se pone un poco más serio) Bastante pena, no quería dejarlo. Sabía que me iba a perder muchas cosas en adelante, y es que estaba tan a gusto… Tenía muy buena relación con la gente que me rodeaba: con los de vestuario, los de maquillaje y peluquería… Me quedaba hablando y riendo con ellos mucho tiempo. En vez de quedarme encerrado en mi camerino leyendo los guiones, dejaba la puerta abierta para saludar a la gente que pasara por allí. ¡No quería estar solo allí dentro! (vuelve a reír con ganas).

Y ahora que ya no estás en el proyecto, ¿cómo crees que va a terminar ‘El Internado’?

Voy a contestar con toda la sinceridad del mundo: no sé nada de la séptima temporada. Cuando acabó mi participación en la serie dejaron de llegarme los guiones. No tengo ni idea. Además, no quiero preguntar, porque prefiero sorprenderme.

¿Te gustaría que los Espí se reunieran por fin?

¡Sí!

Aunque tuvieran que morirse luego todos, pero que al menos se vean, ¿no?

Claro, el corazoncito siempre tira. La parte tierna también gusta. Después del sacrificio que ha hecho Andrés, ojalá que su familia se pueda dar un abrazo (risas).

Futuro

Y mientras esto pasa o no pasa, ¿qué proyectos tienes ahora entre manos?

Sabía que en algún momento iba a llegar esta pregunta. Hay una cábala por ahí que dice que si cuentas los proyectos antes de que sucedan luego salen mal… Yo no creo mucho en esto, pero sí es cierto que lo quiero cuidar. Os adelanto que hay algo interesante que va a surgir antes de fin de año; también estoy proyectando teatro con mi compañía. Además, tengo el curso de formación que comentaba antes, porque me enriquece mucho trabajar con la gente y eso me gusta.

O sea, que no te faltan cosas que hacer.

En absoluto. Es que si no… Desde que morí en ‘El Internado’, ¡imagínate! (Risas). Siempre hay que estar al pie del cañón, tirar para adelante y estar preparado para lo que pueda salir. Que no es que de la noche a la mañana vaya a surgir un personaje increíble que me vaya a hacer archiconocido ni nada de eso, pero reconozco que tengo suerte de poder vivir de la profesión, con todo lo que eso significa.

¿Hay algún género concreto que te gustaría probar o repetir, o algún personaje que quisieras interpretar?

Me encantaría hacer tantas cosas… Podríamos estar hablando mucho tiempo de esto. Estoy intentando meterme ahora con el teatro clásico, investigar ese campo y juntarme con gente que sabe del tema para aprender de ellos. No hay que parar nunca, hay que mantenerse en un movimiento constante dentro de esta profesión.

* TERCER GRADO

– Una virtud.

La perseverancia.

– Un defecto.

Mmm, qué interesante… La cabezonería. Que a veces no sé muy bien si es un defecto.

Exactamente, se puede ver como defecto o virtud, porque has mencionado que tu virtud es la perseverancia, y la cabezonería es una forma de perseverancia, ¿no?

Sí, al final todo no es más que un juego de palabras. Lo que tú piensas que es una virtud puede ser también un defecto. Dependerá del momento en el que aparezca y de cómo se utilice.

– Una canción.

‘The wall’, de Pink Floyd.

– Un libro.

El que estoy leyendo ahora: ‘En busca de un teatro pobre’, de Jerzy Grotowski.

– Una película.

‘El guateque’, en España, o ‘La fiesta inolvidable’, en Argentina, de Blake Edwards, en la que sale Peter Sellers. Es una película magníficamente actuada y con la que me río mucho; no me canso de verla. Tiene un guión genial y está muy trabajada, y se ha dejado al actor que tenga libertad para volcar su talento en ella.

– Una obra de teatro.

‘El arte de la comedia’, de Eduardo Filippo, que fui a verla hace poco al Teatro Español, hecha por actores de la compañía La Abadía y me la pasé muy bien.

– Un lugar del mundo.

Valencia. En algún lugar un poco alejado de la ciudad propiamente dicha. Hay sitios maravillosos para disfrutar de la naturaleza, el mar, cierta calidad de vida, una paellita… (Risas)

– Una comida.

Pues me encanta cocinar. La gente me dice que soy buen cocinero, así que hago de todo, pero mi debilidad es la barbacoa. Lo que sea, hecho al carbón: un pescadito, carne… Despacito, sin prisas, nada de fuego, para disfrutar de la tapita previa también.

– Un estilo para vestir.

Mira cómo me ves ahora: camisa blanca de manga corta, unos vaqueros y unas chanclas. No tengo una forma definida, tengo un gusto normalito. Uso prendas cómodas, nada de ir apretado, porque no me gusta que me presione la ropa.

* DESPEDIDA

Bueno, Luis, por nuestra parte nada más. Es un placer haber compartido la mañana contigo. Te agradecemos profundamente tu simpatía y lo fácil que resulta tratarte. Muchísima suerte en todo lo que hagas, y ya sabes que cuentas con todo el apoyo de Zona El Internado.

Gracias a vosotros, porque he estado muy a gusto y me ha parecido una experiencia maravillosa. Un saludo a todos los lectores de la web y espero que nos volvamos a encontrar otra vez por el camino.

¿Adónde nos llevará ese camino? La incógnita permanece flotando en el aire unos segundos. Luis Mottola muestra una vez más su sempiterna sonrisa con aire pícaro mientras recibe un regalo muy especial: un carné de miembro honorífico de Zona El Internado y un minucioso homenaje-resumen (redactado por VAF) sobre su personaje Andrés Novoa. Su reacción no tiene precio: visiblemente emocionado y sin palabras, se señala el brazo derecho para mostrar que la carne se le ha puesto de gallina.

Luis Mottola (Andrés Novoa) en Zona El Internado

Agradable, ingenioso, creativo, optimista y expresivo. Así es Luis Mottola. Sin duda, su camino, sea cual sea, lo llevará lejos. Que siga andando muchos años y que se lleve siempre a la Suerte como compañera de viaje.

Luis Mottola (Andrés Novoa) en Zona El Internado

Además de la entrevista, Luis nos firma un autógrafo a todos los lectores de Zona El Internado en el que incluye una cita de Joan Manuel Serrat.

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