Exclusivas » Entrevista exclusiva a Raúl Fernández II

Al conocer a una persona, ¿cómo saber que nos encontramos ante alguien especial? Con Raúl Fernández se llega a esta conclusión desde el mismo momento en que aparece en cualquier lugar. Hay algo en sus ademanes, en su sonrisa, en sus enormes y limpios ojos de color verdoso que tranquiliza, que invita a sentirse como en casa charlando con él. De sus labios sólo salen palabras reflexivas llenas de magia, potentes y genialmente argumentadas, que llenan cada espacio de la conversación con un toque de madurez profesional y personal que suponen un bálsamo para cualquier entrevistador. Su sencillez y humildad, salpicadas de vez en cuando por pícaros comentarios cargados de inteligencia, nos conducen sin prisa pero sin pausa por una vereda de preguntas y respuestas increíblemente transitable.

Buenas tardes, Raúl. Qué gran placer poder charlar contigo en representación de todos los usuarios de Zona El Internado.

Lo mismo digo. Estoy muy ilusionado.

Trabajos y personal

Cuéntanos: a grandes rasgos, ¿qué formación has seguido para llegar a ser actor?

Mis primeros pasos los di en la típica obra de instituto que todos hemos hecho. Pero digamos que los más serios los di en una pequeña sala que se llama Teatro de Cámara de Madrid, que está en el barrio de Lavapiés. La sala tenía una escuela de interpretación dirigida por Ángel Gutiérrez, que a su vez tenía una compañía que representaba en la misma sala en la que daban clase. Y allí empecé yo, con este hombre, Ángel Gutiérrez, a quien considero uno de los grandes maestros de Interpretación.

¿Cómo entraste en contacto con el Teatro de Cámara?

Fue casi por casualidad, porque salía de un ensayo de un grupo de teatro amateur que tenía, y vi un panfletito en el parabrisas de un coche que anunciaba la escuela, que resulta que estaba justo al lado del local donde ensayábamos nosotros. Y nada, me apunté, allí hice dos años de Interpretación, y al mismo tiempo compaginaba el trabajo con la Compañía. Tuve suerte, porque el director me propuso muy pronto representar papeles con ellos. De ahí, enlacé con los estudios en la Real Escuela de Arte Dramático (RESAD), que fueron cuatro años de formación, y ésa es mi base.

Y una vez que ya te habías adentrado en el mundo de la formación interpretativa y conocías los distintos métodos, ¿cómo elegiste una escuela determinada y por qué?

Lo de la RESAD fue fundamentalmente por una cuestión práctica, y es que ofrece una titulación homologada por el Ministerio de Cultura, y aparte, después de hablarlo con algunos compañeros, pensé que podría ser la formación más completa. Dentro del mundo de la formación hay opiniones para todos los gustos: hay quien aprueba unos métodos, hay quien otros… Lo que sí es cierto es que la RESAD ofrece una formación muy amplia: se toca una gran cantidad de materias y todo se lleva a cabo de forma seria. Sin embargo, como digo, esto depende del carácter de cada uno. El arte teatral, como todo arte, es muy subjetivo… También hay quien acaba sus años de estudio en la RESAD y después se matricula en cursos en escuelas privadas para perfeccionar algún aspecto de su formación, o para profundizar en alguna rama específica, por ejemplo. Yo, de lo que me he dado cuenta, es de que el actor realmente se forma encima del escenario: la gran escuela es el trabajo.

¿Has tenido algún referente en el que mirarte? ¿Hay alguien a quien admires profundamente?

(Risas) Supongo que los iconos de siempre… Esas grandes estrellas que todos conocemos; no soy muy original en esto: Robert de Niro, Al Pacino, Marlon Brando, Paul Newman, Daniel Day-Lewis, Edward Norton… Lo que también es verdad es que siempre he encontrado referentes en mis propios compañeros. Por ejemplo, recuerdo la primera vez que vi un espectáculo del Teatro de Cámara, porque me dejó absolutamente sobrecogido, y muchos de los actores que trabajaban en esa compañía me despertaron gran admiración y se convirtieron en referentes para mí. Estamos hablando de actores como José Luis Alcobendas o Patricia Sáez, que fueron los primeros que me impactaron. Pero también hoy encuentro un ejemplo a seguir en el director de la sala Guindalera, Juan Pastor, o María Pastor, que es una grandísima actriz.

Claro, muchas veces nos vamos lejos a buscar a nuestros referentes y resulta que los tenemos al lado.

Eso es. He visto cosas en ensayos, que nunca han llegado a salir en ningún espectáculo, simplemente en el contexto de un aula de trabajo, que son increíbles, y que si las hiciera Robert de Niro lo encumbrarían sin dudar. Suceden cosas maravillosas a nuestro alrededor a pequeña escala. La pena es que esta gente que las hace posibles a lo mejor no puede llegar nunca a un escenario o la televisión porque no tiene suerte, y su gran trabajo se queda en la privacidad de un aula de ensayo.

El Internado

Enlazando con este asunto de los ejemplos a seguir y ya metiéndonos de lleno con ‘El Internado’, resulta que en la serie has trabajado con actores bastante jóvenes. ¿En qué lugar te dejaba eso en los planos personal y profesional? ¿Crees que puedes haberte convertido tú mismo en un referente para ellos?

Uf, no lo sé… Para mí el hecho de haber trabajado con gente joven también ha sido una grandísima experiencia, porque los actores, cuando estamos naciendo como tales, tenemos una maravillosa irresponsabilidad que casi llegamos a perder cuando adquirimos experiencia. La juventud es muy fresca en ese sentido y es muy bueno estar cerca de ella cuando se trabaja, así que, en este caso, considero que soy yo quien se ha beneficiado. La frescura hay que rescatarla siempre que se pueda, y yo he tenido la suerte de apreciarla en muchos de mis compañeros. Yon González, por ejemplo, es pura visceralidad: se cree de una forma sorprendente unas circunstancias que no son las suyas, se mete, las vive… Y yo he intentado beber en cierto modo de eso.

En contraposición, te has codeado con grandes figuras del teatro como Manuel de Blas, con quien has demostrado mucha química en escena. ¿Cómo se consigue tener química con otro actor? ¿Es algo que surge sin más o se puede trabajar desde el plano actoral?

Es muy difícil determinarlo, la verdad. Sucede y no sabes cómo; me cuesta mucho entender cómo surge la química entre dos actores. Intuyo que tendrá que ver con una conexión especial que surge más en el plano personal que en el profesional. De todas formas, también creo que aquí intervendrá un elemento importante, y es que se produzca una buena comunicación desde el punto de vista actoral. Esta comunicación debe estar bien trabajada y entendida para que cuaje y se convierta en química. Es innegable que el plano personal es importante, pero esto no significa que tengas que llevarte bien con tus compañeros de escena para que ésta funcione a la perfección. Continuamente se dan casos de actores que no se llevan nada bien, pero trabajan de maravilla juntos.

Qué curioso.

Desde luego. No sé muy bien dónde está la raíz de esta química a la que nos referimos, de verdad, pero a veces es como si habláramos el mismo lenguaje, como si mirando a tu compañero a los ojos se produjera una conexión. Igual que dos músicos que se compenetran muy bien: quizás sean de caracteres totalmente diferentes, pero al tocar, llevan un mismo ritmo, se comunican una energía parecida. De todas formas, ¡la química no te la enseñan en ninguna parte! (Risas).

Por cierto, ¿sabes que ‘El Internado’ ha llegado a otros países y que han tenido que doblar vuestras voces? ¿Te has oído con otra voz?

¿Ah, sí? ¡No tenía ni idea! ¡Pues ya tengo curiosidad por saber cómo suena! Cuando lo vea, os cuento lo que me ha parecido (risas). Tiene que ser rarísimo oírte a ti mismo hablando en italiano o en japonés, pero sin tu voz, ¿no?

¡Claro! Eso sí, sabemos que la serie gusta mucho fuera de España, porque para la entrevista han llegado mensajes de prácticamente todos los rincones del mundo.

¿De verdad? Bueno, pues muchas gracias a todos; para mí es muy halagador.

Vamos a meternos ya en faena: ¿qué te ha aportado personal y profesionalmente desempeñar el papel de Fermín?

Lo primero, estrechar un poco los lazos con este mundo de la televisión, porque hasta ahora, lo único que tenía eran unos ligeros tanteos. Además, me ha hecho conocer de una manera más profunda este universo televisivo del que hablo. Por otro lado, el perfil de Fermín ha sido completamente distinto al de los personajes que había interpretado anteriormente, porque siempre tenían un corte cómico, eran muy peculiares. Con él he podido enfrentarme a una línea de trabajo más dramática, que al final, se ha convertido en la línea del “héroe”. Nunca pensé que me iba a tocar interpretar un personaje así…

Según iba avanzando la serie, ¿notabas más peso sobre los hombros al haberte convertido en uno de los puntos de mira de todos los espectadores?

No, no lo he notado, porque he procurado no fijarme en ello para poder trabajar mejor. Si no, actuar habría sido muy difícil y se me habría dado fatal al notar toda esa responsabilidad sobre mí (risas). Ha sido ahora, después de la muerte del personaje y de visitar algún que otro foro, cuando me he dado cuenta de que todo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Ha sido desbordante, de verdad. Espero que esto no me afecte demasiado para futuros trabajos… Desde luego, para mi salud mental, es mejor no andar profundizando excesivamente en las opiniones, ni en las malas, ni tampoco en las buenas. Todo en su justa medida.

Sobre lo que comentabas de que Fermín no tenía nada que ver con tus personajes anteriores, mucho será culpa del desarrollo de la parte de acción y espionaje, ¿verdad? ¿Cómo te preparaste para ello?

Supongo que sabéis que los guiones nos los daban sin apenas antelación, porque preferían que nos enterásemos de las características del personaje sólo leyendo el guión. Es una forma curiosa de trabajar. Entonces, no me he preparado de ninguna manera concreta. Según iba avanzando la serie, los especialistas nos ayudaban y nos enseñaban cosas concretas, como a empuñar una pistola, o a luchar en una pelea, etc. Así que referentes he tenido pocos. Cuando empecé a entender que Fermín era un tipo de acción, fui fijándome en los personajes de las películas estadounidenses de este género, que tienen más solera en este tipo de producciones. De hecho, uno de los directores, cuando estábamos grabando secuencias -aparte de otras muchas indicaciones muy sabias que nos daba-, siempre me decía que no me olvidara de Bruce Willis (risas). Para mí ha sido muy divertido.

¿Te dejaban hacer todas las escenas de acción?

Si hay cierto riesgo en la escena, ellos prefieren que la haga un especialista para que no le pase nada al actor, que es quien tiene que seguir grabando secuencias al día siguiente (risas). Pero vamos, yo siempre procuraba hacerlas, porque es algo que me divierte.

Raúl Fernández en Zona El Internado

¿Alguna vez has salido perjudicado en el rodaje de alguna escena de acción?

Afortunadamente, a mí no me ha pasado nada. Pero, por ejemplo, a Pedro Civera (Camilo) sí. Pedro se rompió un brazo grabando una secuencia… Creo que esto no lo hemos contado nunca… Fue en la temporada en la que Camilo acaba quemado. Además, era el último capítulo. Recuerdo que en esa secuencia teníamos él y yo un forcejeo. En uno de ellos calculamos mal, él tropezó, cayó al suelo y se partió un brazo. Menudo susto nos llevamos, menos mal que estaba allí el SAMUR… ¡Yo me sentí fatal! Porque encima, cuando cayó al suelo, yo vi que empezaba a decir por lo bajo: “Mi brazo… mi brazo…”, y yo ni reaccioné, porque las cámaras seguían grabando y pensaba que Pedro estaba metido en el papel, así que me quedé mirándolo desde arriba sin hacer nada, hasta que me di cuenta de que empezaba a palidecer y ya sí me arrodillé… y efectivamente, tenía el brazo roto. Imagínate cómo me quedé.

Hecho polvo…

Sí, luego le llamaba todos los días (risas). Uno de los directores hasta se metía conmigo por el meneo que le había dado al pobre Pedro…

Bueno, estas cosas pasan. Si te metes en el papel, a veces es inevitable. Además, en ocasiones es necesario ponerle fuerza a las peleas o dar bofetones de verdad para que resulten más creíbles.

Eso es. No podemos negar que llega un momento en el que, al meterte emocional y físicamente en la piel del personaje, toda la energía que pones tiene que salir por algún lado en las escenas de acción, no la puedes controlar del todo, y es más peligroso. Los especialistas siempre nos dicen que tengamos cuidado, que la violencia la pone luego el montaje de la escena. Por ejemplo, Yon González es de la opinión de que hay que imprimir energía a este tipo de secuencias. Él hace artes marciales y está muy metido en ese mundillo. De hecho, algunas de las peleas en el gimnasio ha ayudado a coreografiarlas él, porque le gusta mucho. Otro que también es más radical en ese aspecto es Iñaki Font. Siempre dice: “Bueno, si me tengo que llevar un bofetón de verdad, pues me lo llevo”. En mi caso, hay una anécdota que he contado varias veces, que me pasó con Marta Torné, y fue que tenía que darme una bofetada y le pedí que lo hiciera sin miedo. Así que ¡pum!, y la barba postiza que yo llevaba puesta salió volando (risas). Desde luego, trabajar así queda fenomenal, pero tiene que ser a toma única (risas).

Como para equivocarse y tener que grabarla dos veces, ¿verdad?

Claro (risas). Eso sí, en el teatro me estuve llevando un bofetón de campeonato varios meses mientras hacía en La Guindalera ‘La Gaviota’, de Chéjov. Ahí había un momento en el que la actriz que hacía de mi madre me pegaba un tortazo, y esto se repetía todos los días. Es que en el teatro no valen medias tintas… También es verdad que hay trucos que se pueden utilizar en el escenario, pero La Guindalera es una sala pequeñita y se ve todo enseguida: ahí un bofetón mal dado iba a cantar ‘La Traviata’… Aunque, en realidad, lo interesante de las peleas y los puñetazos no es la fuerza de quien lo da, sino la reacción de quien lo recibe.

¿Cómo consigues no perder de vista el personaje después de casi cuatro años haciéndolo?

Pues en eso ayudan mucho los guionistas, que son quienes mantienen la esencia del personaje en cada una de las líneas y movimientos que escriben. Además, no hay que perder de vista el trabajo de los directores, que se preocupaban mucho por que nunca nos alejáramos de su carácter a la hora de actuar.

¿Cuál es tu escena (o escenas) favorita de toda la serie?

Han sido tantas… Se me pasan muchas por la cabeza, pero voy a destacar, por ejemplo, aquélla en que le decía por primera vez a María que la quería, que luego aparecía por detrás el personaje de Luis Merlo, Héctor, y contemplaba la escena. Esa secuencia la recuerdo con mucho cariño porque fue una de las primeras veces en que mi personaje se desnudaba emocionalmente y ponía todos sus sentimientos sobre la mesa.

También me gustó mucho grabar una escena en la que Fermín quemaba el famoso cuadro de treinta millones de euros para demostrarle a María lo que en realidad significaba su amor para él.

Y, por último, fue muy interesante una secuencia que grabamos en mitad de la calle Alcalá de Madrid, con un equipo muy reducido, porque claro, no podíamos detener todo el tráfico de una calle como ésa para ponernos a rodar. Fue la escena en la que me levantaba aturdido en medio de la ciudad, cuando me acababan de inyectar el virus. La gente nos miraba con curiosidad, porque además, yo me puse a cruzar un paso de cebra, y en cuanto reparaban en los moratones y la sangre, se les quedaba una cara… Yo aprovechaba cuando el semáforo se ponía rojo para pasar e intentar avanzar antes de que se pusieran en marcha los coches de las calles que cruzaban… Vamos, que ésa sí que fue una escena de acción (risas).

¿En qué escenas tuviste más dificultad a la hora de grabar?

Suelen ser secuencias en las que las condiciones atmosféricas son duras. Recuerdo una en la que pasé alguna que otra penuria: fue la escena en la que Fermín se quedaba encerrado unos diez días en una cueva. Era invierno, hacía un frío de aúpa… además, las cuevas eran reales, había humedad, tenía que caerme agua de lluvia por encima -que esto lo hacía un tipo con una manguera de agua fría, claro-… Y yo allí acurrucado intentando concentrarme y actuar. Eso sí, el propio frío me metió estupendamente en situación (risas). Encima, me acuerdo de que tenía que escalar colgado de un arnés… Uf, ese día fue duro.

¿Se rueda más de una secuencia en el mismo día?

Sí, eso es. En plató, la jornada de trabajo era de 8 de la mañana a 6 de la tarde, y grabábamos alrededor de siete u ocho secuencias diarias. En exteriores era un poco más complicado, porque está todo menos mecanizado, así que conseguíamos hacer entre cuatro o cinco escenas al día. Además, dependía mucho de la hora de grabación, y muchas veces nos tocaba rodar deprisa y corriendo para que la luz se mantuviera igual en las distintas tomas.

Y en los descansos de los rodajes, ¿en qué matabas el tiempo?

A veces me llevaba el ordenador y aprovechaba para adelantar trabajo en mi camerino, o entraba en internet, veía películas, leía…

Si hubieras conocido a Fermín en la vida real, ¿crees que os habríais hecho amigos?

A ver, yo creo que sí. Creo que me habría llevado bien con Fermín porque tenemos personalidades que pueden resultar compatibles.

Raúl Fernández en Zona El Internado

¿Qué es lo que más admiras del personaje?

Por supuesto, su valentía, pero también su honestidad y, sobre todo, su sentido del humor. Como todos los personajes de la serie, Fermín tenía unas circunstancias muy adversas en su vida, pero dentro de esas dificultades, me parece que sabía sacarles a las cosas el sentido del humor.

Imagina que te encontraras por alguna casualidad de la vida en una situación parecida a la que han vivido los personajes de ‘El Internado’. ¿Cómo habrías reaccionado tú? ¿A qué personaje te habrías parecido más?

(Muchas risas) No lo sé… ¿Qué habría hecho yo? Bueno, yo siempre tiendo a tratar de encontrar el equilibrio de las cosas, no me reconozco tan lanzado como Fermín, que era un hombre de acción: enseguida cogía las riendas de las situaciones peliagudas. Yo seguramente habría abogado más por el diálogo. Probablemente me habría reconocido más en el personaje de Héctor de la Vega, por ejemplo.

A pesar de este liderazgo y energía que decimos que tiene Fermín, es curioso que nunca llegara a enfrentarse a Noiret cara a cara. ¿Te habría gustado tener alguna escena fuerte con Carlos Leal a lo largo de la serie?

Uy, sí, ¡me habría encantado! Además, él y yo lo comentábamos a veces, porque compartíamos muy buena relación actoral y teníamos una gran comunicación. Es un tipo con una vitalidad y un sentido del humor impresionantes; además, es muy activo, hace millones de cosas a la vez… Eché de menos haber coincidido más con él, sí.

Quizás si Carlos Leal hubiera podido estar en la última temporada de ‘El Internado’, habríamos tenido la oportunidad de ver algún enfrentamiento entre ellos, ya que lo más probable es que el Teniente Garrido no hubiera existido…

Mmm, es posible. Necesitábamos esa contraposición entre el Bueno y el Malo también al final, claro.

Bueno, poco a poco nos hemos ido acercando a uno de los temas por los que más han preguntado los usuarios de Zona El Internado y ya lo hemos tocado: ¿qué te ha parecido el final de tu personaje?

Tengo que decir que no me pareció mal que Fermín muriera. Casi era algo cantado, ¿no? Sin embargo, a mí al principio no me cuadraba que tuviera que ser con una puñalada de esas características. Pero hablando con los guionistas un día, me comentaron lo siguiente: “Al personaje de Fermín lo hemos visto en muchas ocasiones al borde de la muerte de forma muy tremenda: el veneno que le inyecta Saúl, el virus, la mina… Así que nos parece un contraste que, de repente, una simple puñalada sea la que se lo lleve al otro barrio”. Además, me dijeron que era una forma de jugar con el público, ya que, como Fermín siempre se había conseguido salvar de “muertes” peores, era un comodín para hacer pensar a los espectadores que después de una puñalada también podría sobrevivir. Pues no. Ése fue el golpe de efecto.

Si hubieras podido hacer una sugerencia a los guionistas para “completar” ese final, ¿cuál habría sido?

Eché de menos tener un enfrentamiento con Hugo, que también era un malo malísimo. Además, intentó ligarse a mi novia, me dio palizas… ¡Y ni siquiera tuve la oportunidad de llamarle cuatro cosas a la cara! (Risas).

De acuerdo, aceptemos que Fermín tenía que morir, pero, ¿le habrías dado tú una muerte distinta a la que ha tenido? ¿Cómo habría sido esa muerte?

No sé… La verdad es que me quedo bastante conforme con lo que han hecho los guionistas, porque en realidad, han seguido sus designios y no se han dejado influir demasiado por agentes externos, y eso está bien. Fermín era el héroe y tenía que acabar muerto para ser fieles a la línea del personaje. ¿Qué muerte le habría dado yo? Pues me seducía la idea de que Fermín se sacrificase a sabiendas. Es decir, en la serie, Fermín se marcha con Garrido porque es la única forma de engañarlo, pero no está seguro de si va hacia la muerte o no, porque él también se guarda un as bajo la manga y no olvidemos que es un espía entrenado, así que, en una pelea entre los dos, podía pasar cualquier cosa. Fermín podía perder o salir victorioso a partes iguales. Pero, ¿qué habría pasado si Fermín se hubiera visto en la necesidad de aceptar que no había más vuelta de hoja y que tenía que morir en pro de la vida de otra persona? Imagina que de pronto se hubiera dado cuenta de que no le quedaba más remedio que sacrificar su vida por la de, por ejemplo, Iván, que era la persona más importante para el gran amor de Fermín, María. Creo que habría sido una tesitura interesante en la que haber colocado al personaje.

Raúl Fernández en Zona El Internado

Habría sido increíblemente trágico…

¡Sí! La trágica muerte de un héroe… (Risas).

¿Te metiste mucho con Iñaki Font desde el momento en que supisteis que el Teniente Garrido sería el asesino de Fermín?

No, no, lo comentamos muy poco. Lo hablamos por teléfono una vez, creo. Iñaki me preguntó: “¿Has leído ya el guión del último capítulo? Tenemos ahí una secuencia chula…” (Risas). La verdad es que lo comentamos más después, cuando nos dimos cuenta de la repercusión que había tenido la muerte de Fermín. Él me decía que iba por la calle y la gente se metía con él y hasta lo insultaban a veces. Supongo que se lo dirán de broma. Vamos, espero… Iñaki, de momento, lo lleva bien, creo (risas).

En cuanto al final general, ¿habrías cambiado o añadido algo?

Bueno, me habría gustado ver un “Equis tiempo después…”. Sé que es una solución muy tópica, pero parece que se echa en falta una especie de epílogo en el que haber visto a los personajes que sobrevivieron en unas circunstancias totalmente diferentes a las del internado. No sé cuánto tiempo después, pero sí haber promovido un reencuentro entre ellos, quizás.

¿Recordando la muerte de Fermín unos años después, como homenaje?

O tirando sus cenizas al mar, o a la laguna (risas). Es bastante recurrente, sí, y a lo mejor está muy visto, pero siempre se descubre algo muy poético en ese tipo de imágenes. Incluso podría haberse utilizado el silencio más absoluto como recurso: una secuencia sin palabras en la que los personajes fueran apareciendo y reencontrándose…

No habrá alguna remota posibilidad de que se ruede algo así en un futuro, ¿no?

(Risas) No, me temo que no…

¿Cómo fueron los últimos días de rodaje? ¿Cómo los vivisteis?

¿Sabes qué pasa? Que según avanza la producción, el ritmo de rodaje tiende a ser cada vez más estresante, porque se han fijado de antemano unas fechas para terminar, entonces el ambiente de trabajo a veces puede ser incluso tenso. Lo que pasa es que también fue muy emocionante, al mismo tiempo, mirarnos todos a los ojos y entender que ése era ya el último día que nos íbamos a ver, darnos los últimos abrazos… Me llevé unas botellitas de champán para brindar con la gente del equipo y con mis compañeros de la última secuencia, que eran Marta, Yon y Blanca, porque dio la casualidad de que la despedida coincidió con la grabación de la muerte de mi personaje, lo que hizo todo aún más emotivo.

Pues entonces os vino como anillo al dedo.

Sí, de hecho, recuerdo un comentario concreto de Blanca… Dijo que en realidad no le había hecho falta prepararse mucho para la escena, porque ya sólo con verme convertido en fantasma diciendo que todo había valido la pena, etc., no había podido evitar emocionarse. Pero todo tiene un final.

¿Qué hicisteis como despedida?

Pues hicimos una fiesta, la típica fiesta de final de rodaje, y ahí nos reencontramos todos brevemente, y estuvimos riendo y recordando cosillas hasta altas horas de la noche (risas).

¿Cómo llevas la fama y que la gente te pare por la calle?

Tengo que decir que cada vez lo llevo un poquito peor, todavía tengo que acostumbrarme. Lo llevaba mejor antes, cuando aún se estaba emitiendo la serie, pero ahora, por mi carácter introvertido, me cuesta más saber que la gente me mira y me señala, que en los bares ciertas mesas de pronto están pendientes de mí… Además, al lado de mi casa hay dos o tres institutos también y ya tengo controladas las horas de los recreos, la entrada y la salida, para no bajar a la calle en esos momentos (risas). En ciertos círculos puede llegar a resultar un pelín incómodo, pero es verdad que hasta ahora no he tenido ninguna experiencia desagradable ni desbordante.

¿Alguna anécdota curiosa que hayas tenido con un aficionado?

Sí, hay un par por ahí… Una, por ejemplo, es que una chica, no sé cómo, consiguió mi número de teléfono y me estuvo llamando prácticamente todos los días durante un mes, dos meses, dejándome mensajes en el contestador… En el primero que me dejó estaba llorando desconsoladamente, porque pensaba que mi personaje se iba a morir, y al día siguiente, en el segundo mensaje, ya me decía que estaba más calmada. En los siguientes me trataba incluso con familiaridad.

También ha habido otra persona que me seguía a muchos sitios, por ejemplo, la veía a la puerta del teatro donde estuviera representando. Siempre estaba allí, esperándome, y nunca me decía nada concreto, mantenía conmigo conversaciones muy extrañas… Me topaba con esta persona a diario, aunque cambiara de compañía de teatro y todo.

Pero al margen de esto, sólo he vivido por la calle los típicos saludos de la gente que te llama por el nombre del personaje. Lo curioso es la familiaridad con la que te tratan, porque te han estado viendo tanto tiempo en la televisión que toman este tipo de encuentros casuales muy a la ligera, y a lo mejor te plantan el móvil en la cara para hacerte una foto así como así, ¡sin pedir permiso! Y yo no tengo ningún problema en hacerme fotos con la gente, al contrario, pero qué mínimo… (Risas).

Pero vamos, son “daños” colaterales de esta profesión y hay que aprender a llevarlos de la mejor manera posible.

Proyectos

Muy bien, y dejando a un lado ‘El Internado’, ¿cuáles son tus próximos proyectos?

Pues me meto ahora con los ensayos de una obra que se estrenará en los Teatros del Canal el 23 de enero, dirigida por Albert Boadella, cuyo nombre es ‘Amadeu’. Trata sobre la vida de Amadeo Vives, que fue un compositor de zarzuela. El montaje es más que nada una excusa para poder hacer un recorrido musical por toda la obra de este hombre.

Por otro lado, en Navidad seguiré con la tradición que tengo con la sala Guindalera de hacer una función que se titula ‘La larga cena de Navidad’, que dura sólo cincuenta minutos, pero es muy bonita. Habla de temas bastante profundos, como el paso del tiempo, etc. Tiene la peculiaridad de que pasan noventa años en una cena de Navidad, y siempre se va repitiendo el mismo texto para que se vea cómo avanzan las generaciones alrededor de la misma mesa: nacen hijos, los abuelos se mueren… La recomiendo, porque es muy entrañable.

Además, actualmente estoy organizando encuentros de cortometrajes en la misma sala Guindalera.

Por último, dicen que no es bueno hablar de planes que están aún en el aire porque se gafan, pero si todo sale bien, para el año que viene espero enlazar con un proyecto para la televisión que no tiene nada que ver con ‘El Internado’.

¡Qué buena noticia! Nos alegraremos de volver a verte en la tele.

La verdad es que yo también tengo muchas ganas de probar cosas nuevas.

¡Claro! Eres un actor con muchas facetas… Te hemos visto hacer de todo: empuñar un arma de fuego, cocinar, trajinar con vacas iraníes… ¿En ‘Amadeu’ tendremos la suerte de oírte cantar también?

No, no. Me preguntaron si cantaba, pero sólo por si acaso. Tengo que confesar que no canto nada bien (risas), pero a lo mejor en un momento dado, con unos ensayos, se podría hacer un apaño. Pero vamos, mi personaje no canta; él es un periodista que actúa como hilo para contar la vida de Amadeo Vives.

Hemos averiguado alguna cosilla sobre “Perro”, el corto que grabaste con Lluís Segura, y nos han intrigado muchísimo. ¿Cuándo y dónde podremos verlo?

Pues aún no estoy seguro. La productora es bastante importante y hace varios cortometrajes a lo largo del año en Barcelona, además de películas. Está asociada a la ESCAC (Escuela de Cine y Audiovisuales de Cataluña), así que supongo que circulará por la amplia gama de festivales de cortos que tienen lugar en España. Tengo que decir que es un cortometraje muy chulo, con una historia muy potente y curiosa que cuenta con tintes surrealistas muy interesantes: habla de una relación que se está terminando, en la que la chica quiere dejar al chico porque las cosas ya no son lo que eran, pero él sigue enamoradísimo de ella; el problema es que él está experimentando una especie de metamorfosis y no sabe muy bien lo que le pasa hasta que se da cuenta de que se está convirtiendo en perro. El corto tiene un humor muy ácido, casi humor negro.

¿Alguna posibilidad de que hagas gira por España, Europa o el resto del mundo con alguno de tus nuevos trabajos?

¡Sí! Al menos con ‘Amadeu’ ya tenemos proyectada una gira por España. También es normal, porque trata sobre la zarzuela, que es un género muy popular. Sin embargo, con Guindalera tenemos pocas giras porque es una pequeña compañía independiente y resulta muy difícil acceder a la red de teatros para girar. Intervienen muchos factores en estos procesos, pero nos encantaría poder salir de gira con La Guindalera también. A ver si más adelante tenemos un poquito de suerte.

¿Tienes la experiencia de lo que es hacer gira?

Sí, recuerdo que con el Teatro de Cámara lo hicimos durante un tiempo con un espectáculo de Lope de Vega que se llamaba ‘El maestro de danzar’. Fuimos a tantas ciudades que llegó un punto en el que casi no sabía ni dónde estaba. ¡Fue agotador! También con la Compañía del Duende, dirigida por Jesús Salgado, giramos bastante. Incluso llegamos a representar en Marruecos unos entremeses de Cervantes… Pero ahora llevo un tiempo que estoy un poco parado. Hace un par de años se me planteó la posibilidad de salir de gira con el Centro Dramático Nacional en la obra ‘Platonov’, de Chéjov, que habría sido muy interesante, porque hasta actuaron en Moscú y San Petesburgo, pero no pude ir porque estaba con ‘El Internado’. Me quedé aquí un poco melancólico (risas).

¿Hay algún sueño profesional que quieras cumplir?

Sí: mi sueño es crear una sala multicultural, que ofrezca un espacio donde poder hacer teatro, donde poder proyectar cortometrajes… Me encantaría levantar algún día una sala propia, chiquitita, para poder dar rienda suelta a mis proyectos, o ideas con compañeros, etc.

Es un proyecto ambicioso…

¡Y muy duro! Yo llevo tiempo viviendo los problemas a los que se enfrentan estas salas pequeñas del estilo de La Guindalera, sobre todo los relacionados con mantener la independencia artística, porque las ayudas están sujetas a muchas condiciones y es complicado sacarlas adelante. Hay que tener mucha paciencia y no desesperar. Ojalá algún día esté preparado para ello… A ver si me sale mucho trabajo y puedo hacerme con un colchón económico para poder abrirla.

Siempre queda la posibilidad de buscar socios.

Claro, es una opción. Por ejemplo, hay gente de ‘El Internado’ que se ha unido para abrir un espacio muy interesante en la calle Ballesta (entre los que se cuenta Lola Baldrich, por ejemplo), que se llama ‘Por dinero’ y consiste en hacer teatro -o microteatro, como ellos lo han bautizado- en varias salas a la vez. Las escenas duran unos cinco o diez minutos y representan para cuatro espectadores, no más. Es una iniciativa realmente interesante con la que espero que tengan suerte, porque considero que es muy original.

Tercer grado

¿Te parece si ahora seguimos profundizando un poco en tu personalidad?

– Una virtud

La paciencia.

– Un defecto

La pereza. A veces me reconozco perezoso (risas).

– Una canción

‘I’m yours’, de Jason Mraz. Estoy enganchado últimamente a esa canción.

– Un libro

‘Leviatán’, de Paul Auster.

– Una película

‘Barry Lyndon’, de Stanley Kubrick. Es una auténtica obra maestra.

– Una obra de teatro

‘Hamlet’, de Shakespeare. Además, me encantaría poder ser Hamlet algún día. Tuve la suerte de trabajar una escena en la escuela, cuando estudiaba Interpretación, y me quedé prendado de ese personaje.

– Un lugar del mundo

Asturias. Es una tierra maravillosa a la que voy menos de lo que me gustaría. Tiene una atmósfera muy especial

– Una comida

¡Los canelones de Fermín! (Risas). Soy muy aficionado a hacer un plato sencillo, y siempre que me piden que cocine, lo hago, porque me sale bastante bueno: el humus.

– Un color

El negro (se señala de arriba a abajo para hacer notar la ropa que lleva puesta). Pega con todo y no da quebraderos de cabeza (risas).

– Serie de dibujos animados

Siempre que puedo veo ‘Padre de familia’. Me parece muy grande esa serie. A veces se pasan demasiado, también es verdad, pero me gusta lo irreverentes que son, y me río mucho. Han llegado a un punto en el que pueden hacer lo que quieran con los capítulos, porque tienen un corte tan surrealista que no les hace falta llevar una línea argumental concreta, y el hecho de que se salten tantas normas, ¡engancha! (Risas).

– Alguna experiencia “Tierra, trágame”

¡He tenido muchas! Pero recuerdo una vez, en una fiesta de Fin de Año, en la que uno de los presentes se enteró de que mi novia de entonces y yo éramos actores, y nos pidieron que hiciéramos algo gracioso. Hice una estupidez, claro, y pasé el más absoluto de los bochornos, porque recuerdo las miradas de la gente y algún comentario como: “¿Y éstos son actores?”. No recuerdo muy bien qué hice, creo que estaba intentando imitar a alguien… Resultó patético. Igual ahora me ven en la tele y piensan: “Anda, éste es el tío que hizo el ridículo en aquella fiesta de Fin de Año…” (risas).

– Tres deseos que le pedirías a un genio

(Piensa un rato) El primero, que me pusiera la sala de la que hablaba antes. El segundo, que le concediera al menos un deseo a todo el mundo. Y el tercero… el tercero… ¡me lo reservo para pedirlo en el futuro!

– Equipo de fútbol y jugador favorito

Toda la vida he sido del Real Madrid, pero últimamente ando un poco apático con el equipo. Yo es que soy del Madrid de la ‘Quinta del Buitre’: Míchel, Butragueño, Martín Vázquez… Y, de un tiempo a esta parte, ¿dónde ha quedado ese Madrid? La verdad es que, desde que el Atlético de Madrid ganó la Copa de la UEFA también me he hecho muy aficionado al equipo. Pero tengo que reconocer que me gusta más jugar al fútbol que verlo. Por ejemplo, en los rodajes echábamos siempre algún partido: normalmente, guionistas contra equipo artístico, y no me defendía mal. El último que jugamos fue contra los figurantes, que nos pegaron una paliza… Qué buenos eran…

– La mayor locura que has hecho

Mmmm, déjame pensar… Bueno, esto se quedó en un proyecto de locura: una vez cogí el coche para ir a otra ciudad a ver a una chica que no se lo esperaba, porque estaba bastante colgado por ella, pero se me estropeó el coche a mitad de camino y no pude llegar. Lo reconozco como locura porque ni lo pensé, y eso que tenía cosas que hacer aquí… Pero vamos, la recuerdo con cariño.

– Pasatiempo favorito

¡Cocinar, en serio! (Risas). Me relaja mucho.

Bueno, Raúl, pues esto es todo por nuestra parte. Mil gracias por esta maravilloso rato que has compartido con nosotros y por prestar toda tu atención a las preguntas de los lectores de Zona El Internado. Esperamos de corazón que tengas suerte con todos los proyectos en los que te embarques, porque te lo mereces.

Gracias a vosotros, ha sido muy agradable. Me alegro de haberlo hecho.

Raúl Fernández en Zona El Internado

Y con este intercambio de preguntas y respuestas, la tarde ha ido perdiéndose en el horizonte de la ciudad de Madrid para dejar paso a las titilantes luces de la noche. Raúl Fernández, con esa serenidad amable que desprende cada uno de sus poros, continúa regalando al aire su sonrisa encantadora, que no sólo se circunscribe a sus labios, sino que también se extiende como un líquido caliente hasta sus ojos, lo que significa que es sincera. No hay duda de que su presencia comunica una energía especial cargada de entusiasmo, de modestia, que flota en el ambiente.

Raúl Fernández en Zona El Internado

Creo que todos nos hemos preguntado alguna vez a lo largo de estos años por qué Fermín había conseguido llegar a convertirse en el ídolo de ‘El Internado’, y por fin, la respuesta nos ha golpeado con toda su prodigiosa contundencia: porque, bajo su piel de héroe, latía ni más ni menos que el mismo corazón que bajo la del hombre que le daba vida: Raúl Fernández.

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