Zona El Internado

Luis Merlo: “Odio competir con amigos por la audiencia”


«Perdona que no te de la mano». Las tiene manchadas de grasa. Sobre la mesa del camerino ordena un I-Pod y un envoltorio de jamón serrano con que engañar a la merienda. Ha conducido más de cuatro horas desde Madrid a Santander y en treinta minutos sube al escenario de Casyc para compartir plantel con Alex O’Dogherty e Iñaki Miramón en una obra de hoy que ya es un clásico, ‘Arte’, pieza que se integra en el ciclo santanderino Talía. La vorágine; es lo que tiene el éxito.

-Amigos en la realidad y competidores en la televisión…

-Ahora mismo es el medio que permite que el producto nacional funcione. Da trabajo a muchos grandes intérpretes. Lo desagradable aparece cuando la guerra de los ‘targets’ nos obliga a competir entre amigos.

-Eso no sucede en el teatro…

-Hay competitividad, pero aquí el medidor es el ser humano. Funciona el famoso boca a oído, y en ese aspecto es mucho más sano y legítimo.

-¿Legítimo?

-La canción más escuchada, la serie más vista, etc, no significa que sea la mejor. Van Gogh murió sin haber vendido un cuadro.

-Y el cine, ¿le interesa?

-Mucho como espectador; nada como actor.

-¿Y eso?

-El cine exige todo tu tiempo, y al fin y al cabo eres tan sólo un medio más para conseguir un fin. Sin responsable de fotografía, de dirección artística, sin sonido, etc, no hay película. En el teatro es el actor el que toma la máxima responsabilidad, y el feedback es inmediato en una representación.

-¿A qué se refiere?

-El reconocimiento en teatro es instantáneo. Al día siguiente de pasar por el tablado la gente te para por la calle para reconocer el trabajo; en cine pasan meses.

-Aunque la forma de preparar el personaje para un medio u otro será similar, ¿hay alguna clave?

-Siempre se trata de analizar el porqué de su personalidad, de su actitud. Luego hay que conseguir dárselo a entender al público. Siempre como si fuera la primera vez.

-Como en el estreno…

-Muchas veces pienso en lo bien que estoy en casa, con los míos, mi comodidad y mis cosas. Creo que la gente que sale de casa y paga un dinero para acercarse al teatro merece que me deje el alma. Luego, además, también hay un poco de pasión personal por mi trabajo.

-¿Se lo enseñó alguien, tuvo un mejor maestro?

-Me he criado en un mundo de actores. Desde pequeño supe que debía guardar silencio cuando los mayores trabajaban. Y hoy me doy cuenta de la importancia de haber nacido en una casa llena de libros.

-En la serie ‘El internado’, tiene bajo su responsabilidad a unos jóvenes. ¿Cómo ve la realidad de este sector hoy día?

-Igual que sucede con los de mi edad, en que hay personas muy amargadas y otras, como yo, que toman la vida con otra filosofía, con la gente joven ocurre algo parecido. De pequeño siempre escuché que debía trabajar mucho y quizá algún día llegara a ser famoso. A día de hoy parece que las prioridades se han invertido…

-Se refiere al fenómeno Gran Hermano…

-Es una fórmula con muy poca vida. Lo que prima es la fama, por encima de todo, y eso no funciona ni dura. Respeto a la gente que piensa así, a los que funcionan así, pero no los considero compañeros de profesión. Sólo comprendo a la gente que lucha por su personaje, a los que trabajan por sacar adelante una literatura sobre un escenario.

-Está en Santander, ¿a qué dedicará el tiempo libre?

-Me encanta pasear por la playa y hay una cita ineludible: el mesón Zacarías. No hay vez que lo haya obviado y ésta no será una excepción.

-Y entre su equipaje…, ¿qué libro ocupa espacio?

-Comienzo ahora con una biografía de Arthur Miller, pero de momento fue más impactante el libro anterior que devoré. Se trataba de un diario anónimo de una mujer que narraba la liberación de Berlín por parte de los rusos al final de la guerra. Violaron a más de 100.000 mujeres. Es una forma muy peculiar de liberar una ciudad.

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